EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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  • Relato 10: AFTERWORK, LOGIA MASÓNICA, TORRES SATÁNICAS
    Distrito Chamartín
    Auditorio del Parque de Berlín
    Jueves 2 de agosto

AFTERWORK, LOGIA MASÓNICA, TORRES SATÁNICAS

Sergio C. Fanjul

 

Como las torres de Puerta Europa están inclinadas, uno puede colocarse debajo y ver su propio reflejo en los cristales negros que las recubren. Ahí esta uno, en medio de los autobuses, los taxis, los trabajadores y trabajadoras que pululan por la Plaza de Castilla, donde antes estaba el Non plus ultra madrileño: no parecía haber nada más al norte. Ahora el metro viaja incluso más allá, al agujero blanco de los mapas. Debajo de estos mamotretos arquitectónicos, las torres, que parece que se puedan caer a cada momento, rodeado de gente ajetreada, uno se siente insignificante. Da la impresión de que ha venido un terremoto y las ha dejado así, torcidas una hacia otra, como si las dos torres estuvieras enamoradas y quisieran darse un besito pero sus cimientos se lo impidieran.

Las Torres KIO, como también se las conoce, que se terminaron en 1996 bajo el proyecto de Johnson y Burgee, tienen 26 plantas y están inclinadas 14,3 grados la una hacia a la otra. En el lado opuesto de la inclinación unos cables las sujetan y las atan a un contrapeso subterráneo de 14.400 toneladas, en un equilibrismo eterno. Son ya un símbolo de Madrid, y eso que les han colocado detrás las mucho más altas Cuatro Torres Business Área, que hacen a estas parecer sus hijas pequeñas y desviadas. Álex de la Iglesia, en su película El día de la bestia, supo ver aquí, en estas dos torres raras, la firma de la pezuña de un macho cabrío, es decir: un símbolo de Satán.

Esto es el distrito de Chamartín y muy cerca de la plaza está la estación de trenes homónima, que recibe el tráfico procedente del norte de la península. Chamartín es fea y funcional: ahora vivimos tiempos de edificios icónicos, hitos que den carácter a la ciudad, pero cuando se levantó Chamartín no se pensaba tanto en estas cosas. Como todas las estaciones, veo a Chamartín no solo como un nodo de transportes sino como un nodo de historias y de vidas. Me siento en la sala de espera y compruebo cómo se entrelazan aquí las existencias, las que se unen y las que se separan, la que vienen y las que van, los borgianos senderos que se bifurcan: esa pareja que se despide entre llantos -quién sabe si se volverán a ver-, la pandilla mochilera que parte hacia el que tal vez sea el mejor viaje de su vida, ese joven que arrastra su maleta algo asustado porque es la primera vez que llega a la gran ciudad.

Yo también fui ese joven algo asustado que llegaba a vivir en la gran ciudad. Aquel otoño, a principios de siglo, llegó también, acompañándome, una ola de frío procedente de Siberia: nunca había sentido tanto frío, nunca había estado tan solo. Madrid era inabarcable, implacable, monstruoso, y todavía faltaban tres lustros para que me decidiese a recorrerlo a pie. Fue entonces cuando, después de pasar por varias pensiones en el distrito centro, mientras buscaba una habitación fija en un piso compartido, viví un mes con una señora en el distrito de Chamartín, cerca de la estación y de Plaza de Castilla.

Aquella mujer era la viuda reciente de un artista y ahora alquilaba habitaciones a jóvenes recién llegados. Mi familia estaba harta de verme pulular por aquellas pensiones de mala muerte y me conminó a asentarme temporalmente con esta mujer. Era una señora muy particular que hablaba mucho de su difunto marido pintor -le echaba mucho de menos-, que odiaba ir a Ikea porque no le gustaba que le indicaran por dónde caminar y que era aficionada a los dentistas en prácticas de la universidad, mucho más económicos. Tan despistado andaba yo por aquella época que me pasé cinco días del mes acordado, hasta que la mujer me tuvo que indicar amablemente que me fuera de una vez: “Qué disgusto”, me dijo, “con la de bocadillos de lomo con pimientos que te he hecho para el autobús”. Tenía razón.

El distrito se extiende de Plaza de Castilla hacia el sur por el flanco este de la Castellana. En esta zona vive la burguesía, gente bien que trata de mantener su elegancia incluso durante una ola de calor, lo cual es ciertamente difícil. En las terrazas veo pelos rizados que sus usuarios tratan de domar con toneladas de gomina, polos con caballo o cocodrilo en el pecho izquierdo, bermudas beige y camisas rosa claro. Hay un gran porcentaje de gente guapa y bien alimentada, la piel suave y bronceada por el sol. Los edificios son bloques de ladrillo, pero tienen otro porte, otra solidez, otros balcones y otras persianas que los edificios de ladrillo de los barrios del sur. Todo se ve más nítido, menos desdibujado.

Antes la gente con posibles tendía a lo clásico, a las estéticas de toda la vida; ahora, sin embargo, el gusto por distinción moderna ha llegado hasta a las clases anteriormente más conservadoras. De modo que no es raro ver un garito de corte hipster donde se solaza a base de música electrónica y gin tonic con tropezones gente que parece cobrar más de 5.000 euros al mes: debe ser esa cosa que se llama afterwork y que algunos practican al atardecer, cuando los escarabajos echan a volar.

Hay lugares curiosos en estos barrios: un club de brigde a través de cuyos ventanales se ve a las señoras darle al vicio y, al lado, el local de la Gran Logia Masónica de España, con dos grandes columnas clásicas en su portada y una escuadra y un compás, símbolos típicamente masónicos, en su frontispicio. Hoy la masonería ya no es una sociedad tan secreta y, de hecho, divulgan su actividad con frecuencia en los medios de comunicación.

Caminando hacia el sur dejo a mi derecha al gigantesco estadio Santiago Bernabéu (una vez vi cómo tenían que atender a una joven que se había desmayado de la emoción delante de este sitio) y llego al barrio de El Viso, una de las zonas más exclusivas y con mayor renta per cápita de la capital, un apacible barrio de casas unifamiliares, algunas mansiones y muchas cámaras de seguridad, donde es difícil ver a gente por la calle pero da la impresión de que es fácil ser feliz. Por ahí está el Parque de Berlín, donde hay unos pedazos de lo que fue el Muro de Berlín, lleno de pintadas de la época que, según cuentan las crónicas periodísticas, un operario trató de limpiar porque eran “guarrerías”. Más hacia el sur todavía, me encuentro un giro dramático en la composición social del distrito de Chamartín: el popular barrio de Prosperidad, la Prospe, de carácter más castizo y trabajador. Su plaza principal podría ser la plaza mayor de un pueblo. Y hay un sitio donde ponen los mejores torreznos.

 

2 de agosto de 2018. 22:30h

'Alma de Dios'. Cine, zarzuela y música

Auditorio del Parque de Berlín. Distrito Chamartín

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