EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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  • Relato 12: UN CIELO AL QUE NO LE PICA NADA
    Distrito Fuencarral - El Pardo
    Centro Deportivo Municipal Vicente del Bosque y Parque del Norte
    Sábado 4 de agosto

UN CIELO AL QUE NO LE PICA NADA

Sergio C. Fanjul

 

El cielo madrileño, famoso por su hermosura, también es famoso por sus picores: nunca fue Madrid ciudad de muchos rascacielos. Algunos había, y notables por su esbeltez, como la torre Picasso, en Azca, o por su rareza, como las inclinadas torres KIO. Hace unos años le salieron a Madrid cuatro de un golpe, las Cuatro Torres Business Area, y dicen que pronto les nacerá una quinta hermana.

En cuestión de rascacielos, como se sabe, lo que importa es quien lo tiene más largo, y estas Cuatro Torres dejaron muy atrás en altura a sus predecesoras. Cuando uno camina por cualquiera de los distritos del norte siempre se siente observado por estos cuatro gigantes, basta girarse para comprobar que le están leyendo el periódico (o el WhatsApp) por encima del hombro. Incluso cuando uno pulula por los distritos del sur basta subirse a cualquier colina, cerro o azotea para que aparezcan, muy orgullosos, en la lejanía. E incluso cuando uno entra en coche o autobús en la Comunidad de Madrid, tras cruzar el túnel que horada la Sierra de Guadarrama, enseguida asoman en el horizonte las torres señalando la posición de la ciudad aún invisible, excepto por su boina de smog. Son como la Torre de Mordor, desde donde el ojo de Sauron todo lo ve.

Si te acercas a las torres parece que se te van a caer encima. De cerca se ven mejor sus particularidades: una apuesta por los bordes redondeados (como la Torre PWC, de Rubio Carvajal y Álvarez Sala), otra, en cambio, luce una rectitud propia de los bloques de Lego (como la Torre Cepsa, de Norman Foster). Y así. Es difícil saber a ojímetro cuál es más alta: según parece hubo cierta competencia entre ellas en este sentido, así que en una colocaron una bandera de España para así, con el concurso rojigualdo de la patria, ganar al resto. Abajo, donde los seres humanos moran a los pies de los indiferentes cíclopes, los trabajadores encamisados descansan fumando rubio americano y una mujer con hiyab vigila a sus múltiples hijos mientras estos juegan a meterse en los chorros de agua para conjurar el calor aberrante.

Cruzo la calle para admirar las torres con algo de perspectiva y me encuentro con el contraste: una vetusta colonia de edificios bajos, bonitos, de aspecto humilde, cerca de la estación de Chamartín. Allí dos señoras toman la fresca sentadas en un banco mirando fijamente un feo muro gris y agrietado que tienen a apenas dos metros, con la atención de quien mira la puesta de sol en el horizonte de los Caños de Meca. Parece una viñeta de El Roto: están mirando un futuro ciberpunk. Más allá un señor calvo, grueso y en bermudas lee los poemas de William Wordsworth editados por Lumen, en una imagen muy diferente de cómo imaginamos la lectura de poesía. Y más allá, en otro banco, una mujer que viene de hacer la compra dormita despatarrada como un clown al que le hubieran propinado una paliza.

Las Cuatro Torres se yerguen en el distrito de Fuencarral-El Pardo, el más grande de la ciudad. Es un distrito extraño: es el más grande en superficie pero el menos urbanizado. Es porque buena parte de su territorio es verde, el monte de El Pardo (sí, hay un monte dentro de Madrid, cubierto de monte mediterráneo, y ocupa más de una cuarta parte de su superficie), en cuyo palacio Franco tenía residencia. En la misma zona está otro palacio poderoso, el de la Zarzuela, donde moran sus majestades los Reyes. Otra particularidad es que el distrito contiene tres Programas de Actuación urbanística (PAU), los de Las Tablas, Arroyo del Fresno y Montecarmelo, esa forma un tanto fantasmal de ampliar de la ciudad de la que hablaremos otro día. Y el Poblado Dirigido de Fuencarral.

Mención aparte merece el barrio del Pilar, al que el viajero arriba caminando hacia el lugar donde se pone el sol. Fue construido en los años 60 por el señor José Banús, artífice también del lujoso Puerto Banús, campo de juegos de la jet set de colorines que formaban Gunilla Von Bismark, Jaime de Mora y Aragón, Espartaco Santoni y otros personajes de cuasi-ficción.

El barrio del Pilar, vaya por adelantado, no le quedó tan glamouroso, sino todo lo contrario. Destinado a alojar trabajadores, alcanzó en su tiempo el triste récord de ser la zona de más alta densidad de población de toda Europa. En el museo Reina Sofía, dentro de la colección permanente, puede verse una película documental (se sienta uno en una silla frente a una tele, con auriculares) donde los vecinos de la época relatan sus problemas: la falta de zonas verdes, de transporte y de cualquier tipo de dotación en general. En plata: se esperaba que los habitantes del barrio se limitarán a trabajar más que a vivir. La protesta vecinal, como siempre, logró que se desfaziera el entuerto. El filme se llama La ciudad es nuestra, obra de Tino Calabuig, y en ella también se muestran casos de fuerte tejido vecinal en otros barrios, como Orcasitas o El Pozo del Tío Raimundo.

Pero si uno se adentra en el barrio del Pilar, ese bosque de torres clónicas llenas de gente y amplias avenidas, lo más probable es que acabe dando con la gran atracción del barrio: el centro comercial La Vaguada, con su aspecto exterior de corte montañés, como si en vez de en el Pilar estuviera en Navacerrada. La Vaguada es notorio por ser el primer centro de este tipo que abrió sus puertas en Madrid, en 1983, y que, inaugurado por el entonces alcalde Tierno Galván, causó gran expectación. Ha pasado a la historia de la literatura por ser el escenario de varias recomendables novelas de Fernando San Basilio, como Mi gran novela sobre La Vaguada. Yo mismo recuerdo ser traído de crío a este centro comercial desde Asturias para presentarle mis respetos como futuro consumidor. Y doblé la cerviz ante sus encantos con total admiración y reverencia.

 

4 de agosto de 2018. De 11 a 22h.

Madrid Suena

Centro Deportivo Municipal Vicente del Bosque y Parque del Norte.

Distrito Fuencarral - El Pardo

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