EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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  • Relato 13: EL MÁS ALLÁ DE LA VILLA DE VALLECAS
    Distrito Villa de Vallecas
    Auditorio Municipal Villa de Vallecas
    Domingo 5 de agosto

EL MÁS ALLÁ DE LA VILLA DE VALLECAS

Sergio C. Fanjul

 

Los miembros de la llamada Escuela de Vallecas, comandados por el pintor Benjamín Palencia, partían del hotel Mediodía, en Atocha, y se iban caminando hasta Vallecas, que entonces era una villa separada de la villa de Madrid (hasta 1950) y ahora un distrito que se llama Villa de Vallecas. Aquellos artistas recorrían, en los años 20, polvorientos caminos entre campos dorados y parduscos, que les inspiraban para sus cuadros, tan telúricos. Ahora ya no hay campos hasta el pueblo de Vallecas, sino ciudad, ciudad y más ciudad.

La forma más directa de llegar es recorrer la larguísima Avenida de la Albufera que va atravesando las diferentes circunvalaciones igual que un cometa atraviesa las órbitas planetarias. Así cruzo la M30, la M40, la M45. El puente que recorro para cruzar la M40, que anuncia la entrada en Villa de Vallecas, tiene un paso peatonal muy estrecho, como si solo los más valientes (y delgados) pudieran aventurarse hasta este postrero salto. Antes, en el distrito anterior, me he desviado para pasar por el portal número 8 de la calle Luis Marín, donde sucedió el espeluznante Caso Vallecas, un poltergeist que hasta la policía recogió en su informe y que trató el mismísimo Tristanbraker. En eso se inspiró la película Verónica, de Paco Plaza. En el mundo real el portal está cerca de la taberna Los Cuñaos y el bar Los Paletos, cosa que le quita glamur al asunto. Es que los fantasmas no existen.

Entro, pues, a Villa de Vallecas y me recibe una hamburguesería fast food y la visión, a lo lejos, del cerro Almodóvar, una mole de tierra bien redondeada que recorta el horizonte vallecano, lugar al que les gustaba subir a los de la Escuela de Vallecas, y donde, también, se podrían celebrar ceremonias macabras de trato con dioses atávicos, como en los cuentos de Lovecraft. El cerro tiene una presencia numinosa, sagrada, como si fuera un monumento levantado por una civilización muy anterior a esta Humanidad.

En el centro de Villa de Vallecas, con sus edificios bajos, su iglesia con campanario y su calle principal (el paseo Federico García Lorca), bien podría ser el pueblín que era antes. Aunque históricamente la Villa de Vallecas se dedicó a la agricultura y, sobre todo, a la producción de pan para el abastecimiento de la capital, posteriormente se convirtió, junto con Puente de Vallecas, el distrito vecino y hermano, en un símbolo del orgullo obrero. El año pasado asistí aquí a la fiesta del Partido Comunista de España, que tradicionalmente se celebraba en la Casa de Campo, y que es un pintoresco paseo por la nostalgia roja, como si en el histórico partido se mirara más a los símbolos y canciones del pasado que a un futuro por mejorar. Hoy en día si alguien dice PC la gente piensa antes en el personal computer, claro.

Todo tiene un Más Allá, y también la Villa de Vallecas. Si uno toma la barca de Caronte llega al territorio fantasmal del PAU (Plan de Actuación Urbanística) de Vallecas. “Nos estamos olvidando de cómo construir ciudades”, me dijo un día un urbanista, y viendo este PAU, y todos los demás, parece que tenía razón. Grandes edificios cuasi clónicos de aspecto hipotéticamente moderno, sin bajos comerciales, bien separados por amplias calles ortogonales que difícilmente se pueden llamar ciudad. Supongo que son ampliaciones de la urbe muy propicias para el negocio del ladrillo y para almacenar a la población como si fuera aquello el almacén de Amazon, pero la vida en los PAU debe ser un poco de aguachirri, diluida, con calvas existenciales.

Una de las paradas de metro del barrio se llama Las Suertes, aunque este es un optimismo exagerado. Los vecinos del Pau de Vallecas han denunciado en muchas ocasiones su abandono (faltan escuelas públicas, centros de salud, limpieza, falta verde en los llamados espacios verdes, que están marrones), y los miembros del colectivo Basurama vinieron una vez aquí a plantar un campo de girasoles y dar un poco de alegría al lugar. Los vecinos pudieron, al menos, comer pipas.

Otra urbanista me dijo otra vez que a los PAU los llaman ciudad encapsulada: por un lado están las viviendas, por otro lado los comercios (supermercados y centros comerciales, más que pequeño comercio), por otro las dotaciones (gimnasios low cost, polideportivos, colegios, etc), cada cosa en su cápsula independiente. Parece todo muy plácido y natural, muy racional, pero así no se crea la ciudad densa que hay en el centro, viva, segura, con tráfico y actividad comercial, donde los usos y las clases sociales se mezclan, tal y como recomendaba otra célebre urbanista y activista, la señora Jane Jacobs. Los PAU serían más bien la fría y monótona delicia imaginada por Le Corbusier.

No mola pasear por los PAU: cuando hace calor no hay donde refugiarse, cuando hace frío es sin piedad. En el de Vallecas me anochece y camino entre los solares todavía no construidos (muchos fueron paralizados por la crisis), donde se arrejunta el escombro y las malas hierbas, los nuevos descampados urbanos. Para hacerlo todo más dramático un perro bastante violento me ladra hasta asustarme.

A lo lejos veo unas luces llenas de esperanza. Es el centro comercial La Gavia, donde está el Ikea, esa enorme casa decorada por un loco interiorista obsesivo compulsivo. Camino hasta allí ya en la noche cerrada, para llegar tengo que cruzar el último círculo que rodea la ciudad, romper el séptimo sello, ir más allá de la M45. Llevo más de cinco horas de camino desde el hotel Mediodía de Atocha, y tengo hambre y ganas de romper la soledad con un poco de roce humano. Aunque es tarde, espero que haya algún local abierto donde me den de comer y de beber, una lujuriosa posada del s. XXI.

Me introduzco, no sin dificultad, en el parking del shopping center y compruebo, para mi desazón, que está cerrado. Pero, un momento: un camino luminoso conduce a la zona de restauración. Cuando abro la puerta me abruma el ruido de ese gran hangar donde se concentran todas las franquicias de restauración del mundo. A pesar del silencio exterior el hangar está lleno de ciudadanos que comen hamburguesas, y pizzas, y sushi, y comida tex mex, y buffet oriental, y tapas, y dieta mediterránea, y de todo, hay hasta franquicias que no había visto en mi vida, y ya es decir. Me como una pizza de masa fina de atún, cebolla y aceitunas negras (siempre pido la misma pizza) y por fin me siento como en casa.

 

5 de agosto de 2018. 21:00h.

Concierto de Coetus

Auditorio Municipal Villa de Vallecas. Distrito Villa de Vallecas.

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