EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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  • Relato 15: CONEJOS, MELENDI E IGLESIAS RARAS EN EL MORATALAZ INEXPUGNABLE
    Distrito Moratalaz
    Auditorio al aire libre del Parque de la Cuña Verde de O’Donnell
    Viernes 17 de agosto

CONEJOS, MELENDI E IGLESIAS RARAS EN EL MORATALAZ INEXPUGNABLE

Sergio C. Fanjul

 

“Será feo, pero tiene un piso en Moratalaz”. Esto lo decía una señora de un señor en la publicidad que se hacía del flamante distrito en los años 60. La inmobiliaria Urbis levantó en aquellos años, sacando pecho empresarial, lo que se pretendía que fuese una “ciudad dentro de la ciudad” y que es una muestra de los salvajes desarrollos ladrillescos que tuvieron lugar en aquellos años por toda la periferia madrileña. “Moratalaz satisface a todos”, decía otro de sus lemas.

Moratalaz, al otro lado del Amazonas metálico que es la M30 según se sale de Retiro, vive constreñido entre cuatro carreteras de las gordas. La dificultad de acceso, ahora mejorada, fue uno de los múltiples problemas (como entonces y ahora es habitual en este tipo de proyectos urbanísticos) que primero se encontraron los vecinos y que llenaron portadas de periódicos: había pocos y se formaban buenos atascos. En ocasiones se tardaba hora y media en entrar en el inexpugnable Moratalaz.

Yo también he tenido mis problemas: cruzando el puente que sigue a la Avenida del Mediterráneo (la carretera de Valencia) por la acera del flanco izquierdo llego a un lugar en que la acera termina y empieza el descampado. Me inserto en él por un caminito con la esperanza de encontrar una salida a pie, pero me veo encerrado en una de esas convoluciones que hacen las carreteras para conectarse unas con otras, sin escapatoria, dentro de un rizo de maleza donde abundan los conejos allí donde mire, saltando como centellas entre los arbustos. Conejos salvajes en la M30, la naturaleza silvestre que se infiltra en los intersticios que le deja el hormigón urbano.

Viven muchos animales entre nosotros sin que los percibamos (por ejemplo, hay unos ácaros horrorosos en los poros de la cara, como arañas mutantes microscópicas, que salen cada noche, mientras dormimos, y hacen el amor sobre nuestro rostro). Yo, entre la fauna y la flora, sigo sin encontrar modo de escape, así que me veo obligado a volver sobre mis pasos y cruzar el puente por la acera de la derecha, que sí tiene salida. Un chaval que espera el autobús y que es consciente de mi maniobra (“¿dónde irá este?, si no hay salida…”, parecía preguntarse) me mira como si fuera un pringao. Decido caminar ante él con aplomo, mirando al frente, como si viniese de drogarme o de hacer de vientre en tierras ignotas.

El skyline de Moratalaz se recorta al crepúsculo contra el cielo del Este como una gran aglomeración de torres residenciales. La novedad es que no son del habitual ladrillo visto, aleluya, sino que toman colores ocres, blanquecinos, verdosos. Eso ahora. Hace 9.500 años ya vivía gente en Moratalaz, según se ha descubierto en el yacimiento epipaleolítico del Parque Darwin. Se han hallado allí instrumentos hechos de piedra o huesos de animales (de liebres y conejos, precisamente), hogares donde hacer el fuego, etc, cosas que no construyó una gran inmobiliaria. Luego Moratalaz fue una dehesa donde pastaban los toros de lidia entre las huertas y los pozos, un campo de maniobras militares de artillería, un lugar de paso personas, de animales, de multitud de arroyos (como el Abriñogal) y del tren de Arganda, del que se decía que “pita más que anda” (se conservan fragmentos de la vía en algunos parques). Su primera colonia fue la del Hogar del Ferroviario, 50 casitas bajas con jardín para los trabajadores del sector. Así hasta que llegó Urbis y montó su Sim City particular.

Ahora Moratalaz es un distrito residencial y tranquilo, con una población algo envejecida y menguante (el envejecimiento y la despoblación son, tal vez, sus mayores problemas, y eso que en otra época se le llamó “el barrio del chupete”, por su alta natalidad). Los que aquí se asentaron fueron trabajadores que accedieron a la clase media y fueron grandes beneficiarios del Estado del Bienestar, tal vez por eso estos barrios fueron durante los años 80 un caladero sin igual de voto socialista (ahora se vota más popular y podemita). Alfonso Guerra se fijaba en este distrito para hacer sus predicciones electorales. El rapero El Coleta, muy influido por la estética y la ética de los quinquis de los 80, narra en sus canciones un Moratalaz macarra y delincuencial, aunque según se ve, al menos en la actualidad, las cosas no son como las cuenta: los chavales moratalazeños que quieren parecer malvados se ve que van de pastel.

Además de El Coleta otros músicos notables han pacido, que no nacido, en Moratalaz. Es el caso del inefable Melendi, que dejó Asturias con sus rastas para surfear su éxito y recaló en estas calles. “Su gente es de verdad, sus aceras son sinceras. Así es Moratalá”, cantaba el ovetense. O Alejandro Sanz, que vivió en la calle Doctor García Tapia desde los 12 a los 25 años y formó su primera banda de heavy metal de maravilloso nombre: Jinete Inmortal. Ojalá Sanz entre en razón y vuelva a ondear la mano cornuda. De hecho, aun no contando entre los distritos más carismáticos de la capital, toda la gente que he conocido procedente de este barrio enseguida han explicitado su origen con notable orgullo. 

Callejeo por las calles del distrito pero, sobre todo, por sus “espacios interbloques”. El modelo urbanístico aquí utilizado fue el de bloque abierto, es decir, bloques de viviendas separados entre sí sin formar calles al uso, lo que se piensa que es más agradable para la vida pero que crea un tejido urbano débil y algo aburrido. El mantenimiento de este laberinto endiablado es complicado, así que donde debería haber múltiples espacios de césped verde y reluciente lo que hay es polvo marrón y hierbajos amarillentos. Eso sí, esos espacios interbloques (en uno me embriagan los efluvios de la marihuana, ¿será Melendi?) están muy bien para colocar agradables terrazas donde veo a vecinos de todas las edades compartir mesa en grupos numerosos, como si todos se conocieran, como si aquí todavía hubiera algo de pueblo.

Entre tanto bloque doy con un edificio singular: la iglesia de Santa Ana y la Esperanza, obra del también muy singular Miguel Fisac. Este arquitecto, moderno y ex miembro del Opus Dei, autor a la sazón del célebre edificio de La Pagoda, derribado a finales del s. XX, tomó aquí por primera vez en cuenta las exigencias litúrgicas del Concilio Vaticano II: había que hacer una misa más amigable, cercana y popular, sin curas de espaldas murmurando en latín. La iglesia de Fisac, de puro hormigón, se dispone en corro alrededor del altar y en el presbiterio se ven tres oquedades orgánicas y algo marcianas que le dan ese halo extraño que tienen todos sus edificios.

Otro edificio de arquitecto con nombre es El Ruedo, de Sáenz de Oiza, a la verita de la M30, una mole de planta curvada y ventanucos muy pequeños para conjurar el ruido infernal de la circunvalación. Se construyó para acoger a familias chabolistas y se ha considerado un gueto problemático. Si por fuera El Ruedo es amenazador, horrendo, carcelario, cuando uno penetra en su curvatura, bajo la atenta mirada de los vecinos por allí apostados, descubre que sus fachadas interiores están plagadas de alegría y de color. Igual habría que mirar también por dentro también a sus habitantes, en busca de la policromía festiva.

 

17 de agosto de 2018. 21h

Concierto Gogo Penguin

Auditorio al aire libre del Parque de la Cuña Verde de O'Donnell. Distrito Moratalaz.

 

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