EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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  • Relato 16: UN PUEBLÍN DE FILÓSOFOS, 'SHOWMEN' Y OTROS ANIMALES
    Distrito Vicálvaro
    Parque Forestal de Valdebernardo
    Domingo 19 de agosto

UN PUEBLÍN DE FILÓSOFOS, SHOWMEN Y OTROS ANIMALES

Sergio C. Fanjul

 

A la izquierda del Camino Viejo de Vicálvaro, según se entra en el distrito, está el descampado más grande que he visto en Madrid, y mira que he visto descampados. Más que un descampado es puro campo. A veces me he preguntado cómo serían las tierras de los distritos periféricos antes de que las cubrieran de bloques de viviendas. Pues la respuesta es esta, este trozo de campo que se ha quedado perdido en el medio de la urbe.

Hay hasta dos pequeñas casuchas, como posadas para viajeros románticos del XIX, como si allí siguiesen haciendo la vida de otro siglo sin darse cuenta de que alrededor las grúas, como flamencos metálicos, no paraban de colocar ladrillos. Hay arbolitos, y hay hierba quemada por el sol, y pájaros ornitológicamente extraños. Hay, otra vez, conejos, hay muchos conejos en Madrid; está vez decido perseguirlos un rato, no para meterlos en la olla, sino para comprobar su proverbial rapidez. Pero no hay manera, claro. Dice la directora artística de estos paseos que soy como Alicia en el País de la Maravillas. Es cierto, qué Wonderland es Vicálvaro, que nada más empezar tiene campo. Solo estuve una vez aquí, cuando vine a entrevistar a una hermosa joven llena de tatuajes que vivía con dos serpientes, como una diosa de alguna mitología oriental. Liebres y serpientes, qué maravilla Vicálvaro.

El pueblo de Vicálvaro fue anexionado por Madrid en 1951 en cumplimiento del llamado plan Bigador, que pretendía hacer de la capital una gran metrópolis. Para muchos aquella fecha fue un desastre, aunque, bien mirado, Vicálvaro todavía parece un pueblo. La parroquia de Santa María La Antigua yergue su campanario en lo que era su centro y ruega en un cartel a los vecinos que, por favor, no se hagan pintadas, ya que se trata del único conjunto histórico-artístico del distrito. En la plazuela cercana una niña cuenta, con asombro, que tiene una amiga china que se comió cinco (¡cinco!) huevos Kinder Sorpresa de una sentada, no sabemos si por golosa o por ambición de los juguetes que vienen dentro. El pueblín de Vicálvaro está ahora fagocitado por enormes bloques de vivienda nueva, como el regalo sorpresa dentro del huevo Kinder.

En estos sitios tuvo lugar en 1854 la Vicalvarada, una revolución mediante la cual, durante el reinado de Isabel II, los generales Espartero y O’Donnell consiguieron poner en gobierno progresista donde había uno moderado. Lo que empezó en Vicálvaro acabó, tiempo después, extendiéndose al país y a su capital, que se llenó de barricadas y edificios en llamas. De los hechos se hizo eco, en el New York Daily Tribune, un periodista llamado Karl Marx.

Hablamos de la guerra del 36 como de la Guerra Civil Española, con mayúsculas, pero el convulso siglo XIX patrio estuvo plagado de guerra civiles, pronunciamientos militares y revoluciones de las que no nos acordamos tanto: carlistas contra isabelinos, conservadores contra liberales, moderados contra exaltados, como si tal cosa fuera desde entonces del deporte nacional en el que seguimos inmersos, aunque de otra manera más pacífica.

Cuando en Madrid caían las bombas franquistas de la Guerra Civil (la del 36) aquí aprendía de su maestro, don Francisco, el filósofo Emilio Lledó. Hace unos años el pensador regresó a la vicalvareña librería Jarcha a recordar aquellos tiempos de inicio en el conocimiento. Otro ilustre vecino del barrio, aunque en otros ámbitos bien diferentes, es el showman Mario Vaquerizo, cuyos padres viven aquí y que ha participado en el reciente documental Vicálcaro, más que un pueblo. Y aquí se vino, acompañado de Alaska, a la presentación. Dice Vaquerizo que, cuando muera, quiere que paseen sus restos en coche funerario por estas calles, con un retrato enorme sobre el féretro.

En el distrito de Vicálvaro abrieron una vez un lugar con el frío título de Parque Biológico de Madrid, pero no iba mucha gente. Así que llamaron al poeta y nombrador Fernando Beltrán para que lo rebautizara y le puso Faunia, que suena mucho más sexy. Y entonces la gente empezó a acudir a mirar a los miles de animales que allí se muestran (¿habrá conejos?): es la importancia de un buen nombre. Luego Beltrán se inventó otros que nos suenan mucho, como Amena, Opencor o La Casa Encendida.

Alrededor del casco histórico, además de Faunia, han crecido otros barrios más modernos y algunos parques enormes, como el de Valdebernardo. Ahí hay un mirador aupado a un promontorio al que se sube por un camino en espiral: desde aquella altura se ve, al oeste, la ciudad de Madrid casi completa y cómo va encendiendo lentamente sus luces mientras el crepúsculo se apaga en poniente. De dónde saldrá la energía para alimentar un monstruo tan descomunal, para que fluya la electricidad a cada enchufe, a cada ventana, a cada farola, a cada cartel luminoso que va decorando la noche que empieza. Por qué hay tanta gente en Madrid, qué estarán haciendo en este momento, cómo es posible que uno camine dos o tres horas desde el centro y sigan sucediéndose más edificios y más calles y más vidas que nunca conoceremos.

Si uno mira al resto de los puntos de la rosa de los vientos descubre, como se descubre en pocos lugares de Madrid, que vivimos, sin ser del todo conscientes, rodeados de un desierto árido y pardusco.

 

19 de agosto de 2018. 20:30 h

Velada de Circo #2

Parque Forestal de Valdebernardo. Distrito Vicálvaro.

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