EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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VALLEKAS COMO PUERTO DE MAR

Sergio C. Fanjul

 

En Vallecas no hay puerto de mar pero los vallecanos, de naturaleza utópica, llevan años reclamándolo. Que quieran ser puerto y no playa también dice mucho de su idiosincrasia. La reivindicación sucede cada verano, durante la Batalla Naval de Vallekas, a la que una vez acudí en calidad de audaz reportero. Nada más salir del metro de Nueva Numancia tuve que parapetarme cerca de la pared: los niños francotiradores ya disparaban sus globos de agua desde los balcones. Esquivando los ataques pude llegar seco al bulevar de la calle Peña Gorbea, la zona más caliente y húmeda de la batalla, donde me encontré con la compañera fotógrafa Inma Flores, ya totalmente empapada, la pobre, y con las cámaras forradas de plástico. Yo decía “prensa, prensa”, pero después de solo unos minutos unos combatientes apostados en una azotea me tiraron un enorme cubo de agua. Ya estaba completamente mojado, como las miles de personas que se reúnen para esta alegre guerra a base de pistolas de colorines y litros y litros de agua.

La Batalla Naval surgió en 1981, cuando un grupo de chavales se pusieron a jugar con agua durante las fiestas del Carmen para conjurar el calor aplastante. El alcalde Álvarez del Manzano llegó a prohibirla, pero en los últimos años la Cofradía Marinera de Vallekas la ha recuperado. Hay hasta un libro, Vallekas, puerto de mar, de Elisabeth Lorenzi, que, partiendo de esta batalla, investiga la identidad vallecana, dentro de la que se mezcla primero lo obrero y vecinal y, más tarde, lo contracultural (de ahí la ‘k’ que a veces de le pone a Vallekas).

Si uno es aficionado a los asuntos barriales el distrito de Puente Vallecas ha de ser su Museo Británico, su lugar de peregrinación, su Hall of the Fame. Entrevías, Palomeras, el Pozo del Tío Raimundo, etc, son los barrios por antonomasia, los barrios que han de venirnos a la cabeza cuando hablamos de barrios con historia y orgullo. Una de las muestras de ese orgullo y poderío podría ser el Rayo Vallecano, con su afición bukanera, obrera y antifascista: no es lo habitual que un barrio tenga un equipo de fútbol de tal importancia. El histórico bar y sala de conciertos Hebe, símbolo de la Vallekas más contracultural y rockera (su logotipo era una hoja de marihuana fumándose un porro, en una extraña carambola caníbal), ha cerrado sus puertas hace unos meses después de 38 años dando caña guapa, por problemas con el ruido. También cerró recientemente la discoteca heavy Excalibur, a la que me llevaba a agitar la melena una novia vallecana que yo tenía, de la zona del Cerro del Tío Pío, y de la que ya no sé nada.

Paseo por el barrio de Entrevías, que se llama así porque se encuentra encerrado entre diversas vías ferroviarias: sus habitantes se han pasado la vida viendo cómo la gente se va a otros sitios mientras ellos se quedan en el mismo. Me deslizo allí por un dédalo de calles de casas bajas, de calles tranquilas, que dan una idea de cómo eran estos barrios antes de que se urbanizasen del todo, cuando más que una ciudad parecían un pueblín manchego. Las casitas más viejas y pequeñas se ven aprisionadas entre las más recientes y clónicas casa barriales, de ladrillo visto y toldo verde botella (una vez más), y los kilómetros y kilómetros de balcones con barandillas de aluminio sin solución de continuidad. La gente se asoma en bañador a fumar y huir del calor, otros los utilizan para almacenar trastos o bicicletas, en otros cuelga la ropa limpia y la brisa trae el aroma del detergente.

Aquí está la parroquia, dizque roja, de San Carlos Borromeo (desde 2007 no es parroquia, sino centro pastoral), donde curas comprometidos como Enrique Castro ayudaron, y mucho, durante la epidemia de heroína y delincuencia que devastó este y otros barrios durante los 80 (como se ve en la película La estanquera de Vallecas, una de las últimas muestras del cine quinqui). Dicen que aquí se daba misa en vaqueros y en vez de hostia se consagraba una galleta. Ahora más que aquellos fantasmales yonquis errabundos, que generaban una mezcla de compasión y miedo, me cruzo con dos jóvenes y hermosas hipsters vallecanas, con su sombrero de ala ancha, su camisola, su mueca de influencer, y me doy cuenta de lo difícil que debe ser la vida para ellas en esta zona donde lo cuqui no está, ni se le espera en miles de millones de años. Deben ir corriendo a coger el metro, que te deja en Malasaña.

Hay otro cura rojo famoso en Vallecas, el padre Llanos, ex confesor de Franco, amigo de Pasionaria y Carrillo, con sempiternas gafas de sol, cuyo nombre está indefectiblemente unido a esa zona de curioso nombre: El Pozo del Tío Raimundo, un lugar donde aquel señor, Raimundo, tenía un pozo y ahora hay un barrio. Visito el monumento al padre Llanos en la plaza central de El Pozo, un lugar cuyas calles anuncian el espíritu luchador y asociativo del barrio: una se llama Vecinos del Pozo, otra se llama Andaluces del Pozo, otra se llama Depósito de Agua. Este era un barrio de chabolas depauperado, como tantos otros barrios de Madrid que, gracias a la lucha de las asociaciones de vecinos (y en este caso del padre Llanos) logró convertirse en un lugar digno para vivir: construyeron sus propias alcantarillas, cooperativas, escuelas... Luego, en 2004, los terroristas del 11M eligieron su estación de tren para estallar una de sus bombas. Los medios de comunicación resaltaron que los terroristas se habían cebado con las clases trabajadoras más desfavorecidas, y es cierto, aunque supongo que los muertos de aquellos atentados, fueran de donde fueran, se lo merecían todos lo mismo, es decir, nada.

En la calle principal de Palomeras Bajas los palomerenses pasan la tarde: hay quien juega al ajedrez en las mesas dispuestas para tal fin, otros parlotean, los niños juegan y alborotan: en los barrios de trabajadores y, sobre todo, de inmigrantes, se hace un uso mucho más intensivo de los espacios públicos, la calle y los parques está más vivos, la gente los usa como una extensión de su casa, como un lugar para la comunidad: la merendola con la familia extensa. También habita el espacio un puñado de borrachos, con aspecto de Fraggle Rock, que hace filosofía postestructuralista en voz alta. Hago una foto con el móvil a la plaza y uno de los bebedores se me acerca: “¿Qué eres de Antena 3?”. No acertó, pero sí que se dio cuenta de mis fines periodísticos, lo cual es impresionante dada la generosidad y gran calidad de su melopea.

En este barrio, además de toda esta gente, se encuentra el estadio del Rayo y la Asamblea de Madrid. Siempre me ha llamado la atención que el parlamento regional esté radicado en un barrio obrero, cuando lo normal es que estas instituciones ocupen lugares mucho más pintones de la ciudad (por lo general, al norte): lo hicieron por aquello del reequilibrio institucional entre zonas de la ciudad. Bien está el contacto con el pueblo llano, aunque supongo que la mayoría de los diputados vienen y van sin frecuentar demasiado el barrio circundante (excepto aquellos que van a hurtar cremas en el súper de al lado).

Palomeras Bajas fue uno de los lugares donde el movimiento vecinal del que hablamos fue más precoz y potente, la primera asociación madrileña nació aquí en 1968. Más recientemente los vecinos, bajo la coordinación del colectivo Todo por la praxis, levantaron una escultura de ladrillo que dice lo que fue un grito de guerra de estos movimientos: “El barrio es nuestro”.

 

22 de agosto. 21h

'Dragón, descansa en el lecho marino'

Centro Deportivo Municipal Palomeras. Distrito Puente de Vallecas

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