EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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CHAMBERÍ NO ES PARA LLORAR

Sergio C. Fanjul

 

Chamberí es un distrito de nombre cantarín por el que pasean chavales jóvenes y bellos portando grandes botellas de té helado. Los porteros de las fincas se asoman a tirar la mierda y dar los buenos días a las acacias, los menús del día se despliegan por sus baretos, los profesionales urbanos se quitan el casco con orgullo al bajarse de sus brillantes scooters. Chamberí es un distrito apacible de anchas calles arboladas que me resulta difícil imaginar sin sol. Y eso que una vez, en un after hours casero de Chamberí, conocí a un tío al que todo el mundo estaba esperando hace rato y del que se decía que era El Artista.

-          ¿Y cuál es tu arte? – le pregunté entre las brumas

-          Robo carteras – me dijo.

Da igual, todo cabe en Chamberí, ese trozo de Madrid que reúne de todo en sus barrios: las clases medias y las medias de las clases.

Yo bajé dos veces a la mina. Una vez fue, como se podría esperar, en el pozo Sotón, en El Entrego, Asturias, donde alcancé los 756 metros de oscura profundidad. Otra vez fue en un lugar menos esperable: el centro de Chamberí, donde solo descendí unos metros bajo la superficie terrestre. Es que el Instituto Geominero, que allí se encuentra custodiado por la estatua de Guillermo Schulz, iniciador de la minería en España, donde estudian las piedras y los diamantes, tiene una mina simulada que poca gente conoce y a donde bajan los estudiantes de la escuela de Minas a ver qué se siente (y otras cuestiones técnicas).

De hecho, el subsuelo chamberilero es interesante por otras razones: alberga la famosa estación fantasma del metro, que tomaba el nombre del distrito, y por la que los convoyes siguen pasando pero en la que nunca se paran. La estación es ahora un museo, porque es que Chamberí está lleno de cosas que no son lo que son o lo que fueron. Por ejemplo: hay una abadía que es un teatro (el Teatro de la Abadía), hay una torre de agua que es una sala de exposiciones (la sala Canal de Isabel II), donde había un tanatorio ahora hay un centro cultural (el Galileo), donde había unos multicines ahora hay unos multiteatros (los Luchana), donde había un hipódromo ahora hay unos Nuevos Ministerios

Chamberí, que dicen que su nombre proviene del francés, de la capital de Saboya, porque aquí acamparon las tropas franceses, fue en tiempo antiguos propiedad de los templarios y era un bosque donde se hacían cacerías, que luego se convirtió en incipiente zona industrial. Los chamberileros, eso sí, dicen que son muy castizos y muy Madrid, y que Madrid es muy Chamberí. Y eso es cierto, solo que, como estamos viendo día a día, Madrid es Chamberí y otras miles de cosas, pensamientos y lugares más.  

Este distrito fue parte de los ensanches que el arquitecto Castro proyectó para Madrid en el s. XIX, como el distrito de Salamanca o el de Arganzuela, por eso todos ellos muestran cierta cuadrícula característica de ese tipo de urbanismo. Lo que no es Chamberí, eso está claro, es un buen lugar para llorar.

Un día iba yo por Chamberí y tenía la acuciante necesidad de llorar, esa punzada detrás del entrecejo, esa presa a punto de quebrarse, esa tiniebla. Sucedía por la zona de Canal: aunque no me importa que me vean llorar, tampoco me gusta ir llorando por la vía pública, por respeto a mi propio llanto, que requiere su ceremonia. Así que me introduje en el parque que allí hace esquina, llamado de Enrique Herreros. 

A priori parecía un buen sitio para llorar, pero las zonas soleadas eran intransitables y las que estaban a la sombra demasiado transitadas; una pandilla de adolescentes vociferantes tampoco colaboraba al ambiente propicio. Me metí por una vereda oscura, entre los arbustos, y al final, cuando pensaba que podía llorar, me topé con un indigente durmiendo a pierna suelta en un colchón sucio. No quise despertarle. Busqué en una plaza aledaña, por donde Cea Bermúdez, llena de cemento y ladrillo, durísima, muy fea, una tranquila esquina cerca del colorido parque infantil. Aquel parecía un buen lugar para llorar, y me dispuse hacerlo… hasta que apareció Albert Rivera, caminando solo, cruzando la plaza. Qué fatalidad. Al final resultó que no era el líder de Ciudadanos, pero se parecía mucho, y ya me había cortado el rollo.

Finalmente recalé en otro parque, más amplio, ese complejo deportivo en la Avenida de las Islas Filipinas llamado parque de Santander. El lugar estaba menos desvencijado que el primer parque, había bancos cómodos, y aunque el sol pegaba con la fuerza del mediodía solar, pensé que ese era un buen lugar para llorar. Entonces me senté, me recliné sobre mí mismo y lloré. Lloré como la tormenta estival, como el terremoto, lloré como las fieras heridas, lloré como los púlsares y las supernovas. Lloré como un profesional de la pena. Pasaban señoras deportistas y yo lloraba. Pasaban los perros más simpáticos y yo lloraba. Pasaba el tiempo y yo lloraba.

Lloré en Chamberí mientras, a lo lejos, los madrileños jugaban al tenis.

 

24 de agosto. 20h

Patinaje Urbano y 'Roller Disco'

Glorieta Emilio Castelar. Distrito Chamberí

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