EXPEDICIÓN ASFÁLTICA

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  • Relato 19: SWEET HOME ARGANZUELA
    Distrito Arganzuela
    Parque de las Delicias (Rocódromo de la pasarela al Parque Tierno Galván)
    Miércoles 29 de agosto

SWEET HOME ARGANZUELA

Sergio C. Fanjul

 

En Arganzuela viví en el alto edificio de los ferroviarios, cuando éramos jóvenes, y pintábamos las paredes del pasillo de un rojo que producía ansiedad, y celebrábamos fiestas multitudinarias que no tenían en cuenta la rotación del planeta ni los horarios de los vecinos, que eran sordos. Aquella casa, en un séptimo piso de un edificio obrero atravesado de grietas, donde Delicias, era hermosa y cutre, y estaba llena de disfraces y era traspasada por la luz desde los cuatro puntos cardinales. La ventana de mi cuarto, lleno de discos robados, daba al este, así que cuando me levantaba temprano y subía la persiana me cegaba brutalmente la luz del sol naciente que asomaba vigoroso tras el lejano skyline de bloques de Vallecas. Así que no podía madrugar.

De aquella manera vivíamos muchos amigos en Arganzuela, porque era barato y estaba lleno de señoras y de farmacias y muy cerca de Atocha o de Lavapiés. Era nuestro hogar. Yo no solo habité la alta casa de los ferroviarios, sino también otra casa bucanera e infernal, por Palos de la Frontera, poblada por gente excesiva y dispar, donde fui muy desgraciado y muy feliz, pero sin término medio. Así que cuando regreso a Arganzuela, que no me queda muy lejos, es como si regresase a una segunda ciudad natal, donde no pasé la infancia, pero sí buena parte de lo más desregulado de la juventud.

Vuelvo a caminar por las calles de Arganzuela pero ya de otra manera: ahora exploro, pajareo, derivo, y me doy cuenta de cuántas calles tan cercanas a los sitios donde viví desconocía. Por lo general, en la vida cotidiana, elegimos siempre las grandes avenidas antes que las carreteras secundarias, la arteria principal antes que el capilar, de modo que siempre tomamos ciertos trayectos, los más cortos, los más fáciles, los más llanos, y vivimos dentro de un mapa lleno de lagunas en blanco. No miramos más allá del eterno retorno del mismo paso de cebra.

En el Paseo de la Delicias, una de esas grandes arterias, hace muchos años me giré a mirar a una mujer que pasaba y cuando proseguí mi camino una maceta estalló contra la acera delante de mí con gran estruendo, como caída del cuarto piso. Si no me hubiera detenido probablemente ahora estaría muerto. Por esa misma zona, que ahora vuelvo a recorrer, y donde pienso colocar un ramo de flores, está la muy particular empanadillería china Los Tres Cerditos, uno de esos sitios algo destartalados pensados más para el take away que para ser restaurante, y que ofrece delicias orientales a módicos precios.

Hoy se llena de chavalería -de la edad que debía tener yo cuando vivía en Delicias- que planean llevarse un montón de empanadillas a una hipotética fiesta en una hipotética casa. Dos se dan el lote y se magrean el culo, todo fluye. Otro les amonesta en broma y me mira, haciéndose el simpático: “Estos dos llevan cinco años saliendo y están como el primer día”. Sonrío lo justo y lo celebro mucho por dentro, como si yo mismo fuera una empanadilla china de amor.

Cambio de local y me voy a un grasabar. En Arganzuela todavía abundan los bares tradicionales, los bares de barrio, los bares manolo, los grasabares, esos que en otras zonas más céntricas son arrasados por los clónicos bares hipsters de ladrillo visto y bicicleta fixie. Soy grasabarófilo y grasabarólogo: voy a beber solo, me siento en la barra, abro un periódico deportivo y finjo que leo mientras escucho lo que dicen esos hombres solitarios que hay en los grasabares, los señores-que-bajan-al-bar. Hoy hay uno muy enfadado, con chaleco militar, que no deja de dar la murga a la camarera que le escucha con paciencia: “Mañana me toca volver a la fábrica y estoy seguro de que voy a tener que empezar a repartir hostias”, se pavonea, “no me gusta repartir hostias, pero voy a tener que repartir hostias”. El otro cliente que hay se pasa el rato en su mundo, insertando obsesivamente monedas en la ranura de la colorida máquina tragaperras, cuyas alegres melodías siempre resultan melancólicas en los bares que están vacíos.

Arganzuela fue uno de los ensanches que experimentó Madrid a mediados del siglo XIX, como Chamberí o el barrio de Salamanca, que fueron más allá de las cercas que limitaban el crecimiento de la ciudad; en todos ellos se nota el trazado ortogonal de sus calles ideado por el arquitecto Castro. Arganzuela, la expansión natural de la ciudad hacia el Manzanares, lugar de huertas, dehesas y tierras baldías, fue donde se instalaron los llamados barrios negros, pobres y marginales, habitados por “gentes de mal vivir”, como ocurrió en los arrabales de Peñuelas e Injurias. Fue también el escenario de la industrialización de Madrid, donde se estableció un bullicio de humos, bufidos de locomotoras, rugido de maquinaria y ajetreo entre fábricas, talleres y almacenes.

Zona ferroviaria e industrial, como se comprueba recorriendo sus calles cuando vamos encontrando los restos de aquello: la vieja estación de Delicias, ahora Museo del Ferrocarril, la vieja fábrica de bombillas Osram, hoy sede de la Empresa Municipal de Vivienda, el viejo Matadero, hoy centro cultural, el antiguo Mercado de Frutas y Hortalizas, hoy sede del Espacio Vecinal Arganzuela (EVA). Donde había una Fábrica de Gas, el gasómetro, ahora hay un parque y otro parque levantaron encima de unas escombreras, el Parque Tierno Galván. Arganzuela es uno de los distritos más posindustriales de la sociedad posindustrial, un paradigma, que pasó de albergar a la marginalidad a albergar a la clase obrera y, posteriormente, a cierta clase media, si es que tal cosa existe.

Al parque Tierno Galván iba yo a correr a medianoche cuando me dio por ahí, luego descubrí que era mala idea: primero, porque me atacaban los murciélagos, y segundo, porque con la activación biológica propia del running, luego no podía dormir al llegar a casa. Ahí está el Planetario de Madrid (iniciativa del propio Tierno, como los Veranos de la Villa) desde donde los madrileños pueden admirar las estrellas que nos ha robado la contaminación lumínica, esa luz-basura (la única luz-basura) que nos condena a ese cielo anaranjado y neblinoso propio de Blade Runner. La falta de un cielo enorme y estrellado con el que compararnos nos ha convertido en una especie, homo sapiens, soberbia y desmemoriada.

 

29 de agosto. 21h

'La noche justo antes de los bosques', de Bernard-Marie Koltès

Parque de las Delicias (Rocódromo de la pasarela al Parque Enrique Tierno Galván). Distrito Arganzuela

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